¿Qué les hizo Dios?


Una moción presentada en la Cámara de Diputados plantea eliminar una frase ritual de apertura de las sesiones que alude a Dios.

En verdad, la intención de eliminar la trascendencia encuentra sus más profundas raíces en un sector de la Ilustración, recibiendo en el transcurrir del tiempo aportes de diferentes interpretaciones filosóficas. Recordemos, entre otros, a Hegel, Marx y Nietzsche, quien proclamó a principios de siglo XX que Dios había muerto. Voces proféticas vienen anunciando reiteradamente que nuestro tiempo se inserta en una era de neopaganismo, donde la inmanencia y el relativismo han debilitado el sentido moral, y donde el ejercicio de la libertad, valor supremo de la modernidad, se reduce a la posibilidad de hacer todo lo que en algún momento se puede considerar interesante o entretenido, aun cuando carezca de todo sentido moral. Dicho lo anterior, la presentación de un proyecto que repudia la apelación a la divinidad no debería extrañar. Se explica por esta mentalidad contemporánea de rechazo a la trascendencia, de desvincular la libertad en todos los campos de cualquier lazo exterior, en este caso, Dios. En definitiva, se asume que el ejercicio de la libertad humana solo puede relacionarse con lo racional y la autonomía de la conciencia individual.

Lo que impresiona en este proyecto es la rotundidad de su objetivo y, por otro lado, la realidad social donde se presenta. Chile, de acuerdo a todos los indicadores estadísticos conocidos, es un país con una población donde la presencia del cristianismo es casi total: solo una de cada diez personas se declara atea.

La presentación parlamentaria no busca alcanzar una transacción semántica, una redacción consensuada a la frase ritual que inaugura las sesiones de la Cámara, pretende lisa y llanamente, para satisfacer a una ínfima minoría dentro de la sociedad, eliminar la mención de Dios.

Pasar sobre la sensibilidad religiosa de casi todo el pueblo revela la existencia de una mentalidad formada en una raíz totalitaria, que desprecia a quienes no piensan igual y que, sin embargo, abusa en la utilización de conceptos como pluralismo y tolerancia.

El hecho en sí no debiera – ojalá no nos equivoquemos- tener éxito en su tramitación, no obstante quienes tenemos un fundamento cristiano debemos tener la perspicacia de damos cuenta de las amenazas totalitarias existentes y de las argucias abogadiles levantadas por seudointelectuales, que astutamente recubren la intención de arrojara Dios al patio de los trastos viejos, eliminando la trascendencia y dejando al hombre común indefenso, actuando según los vaivenes del poder