Nuestra Iglesia: esperanza en el dolor


Dolor. Esa palabra es la que acongoja a la Iglesia, que no es más que el corazón de quienes somos católicos. Es un dolor con decenas de motivos. En primer término, dolor profundo por todos quienes han sido dañados, por las víctimas y sus familiares. Dolor por los problemas que vive nuestra Iglesia chilena, y por los que el Papa nos ha llamado a todos a trabajar con el mayor esfuerzo, para superarlos con diligencia y justicia, para recuperar esa Iglesia que vive para servir y para seguir los pasos de Cristo.

Dolor por los últimos acontecimientos que dificultan recuperar confianzas, impiden construir una comunidad cohesionada y empañan tantas obras positivas. En efecto,son miles los católicos, religiosos y religiosas que con verdadera vocación trabajan día a día silenciosamente en favor de los más necesitados, siguiendo el legado de Jesús. No nos olvidemos de reconocer- los y valorar su labor. No estigmaticemos a todos ellos, ni la institución de la Iglesia Católica en su totalidad. Al respecto, cabe recordar la frase: “Hace más ruido un árbol que cae que todo un bosque que crece.”

La espiritualidad es vivida en Concepción en acciones concretas y eso se ha visto especialmente acentuado gracias a la energía de un sacerdote que ha querido cumplir fielmente su mandato de ser pastoral servicio de su comunidad. Desde su llegada a la arquidiócesis, monseñor Fernando Chomali no ha cesado en su ta- rea de reunir miles de voluntades para ver nacer a lo largo de los años, iniciativas tan dignas de imitar, como la Lavandería 21, un real ejemplo de inclusión laboral que da trabajo a jóvenes con Síndrome de Down; la Casa de acogida Padre Ángel Jiménez para familiares de personas hospitalizadas; la Casa de Acogida al Migrante; el invernadero Simón de Cirene, o el Albergue Móvil, que en las noches de invierno acoge a personas en situación de calle.

La generalización del mal actuar de algunos, no debe ensombrecer la luz y el espíritu renovado con que el Arzobispo y miles de religiosos y laicos han demostrado que la Iglesia está conformada por personas que quieren de manera efectiva y genuina, ser senadores y dar testimonio de Cristo.

Compartimos y valoramos que el Arzobispado reitere una vez más el de poder al interior de la Iglesia y de la sociedad Asimismo, compartimos la urgencia para que, a través de denuncias formales, víctimas y denunciados lleguen pronto a la verdad, encuentren justicia y sanen sus heridas. Confiamos en la esperanza, para que esta luz ilumine la verdad y los corazones de las personas para valorar con justa razón a quienes, desde el corazón de la Iglesia, sí buscan el bien común a través de la acción positiva y constructiva. No los dejemos solos, y seamos un aporte para construir una sociedad más humana.