Hijos del corazón

Claudia Pedreros Silva 13 jun 2011 / Blog Teología,Blogs Académicos

1 Comentario

La institución del matrimonio, aunque esté regulada por instituciones y leyes humanas, es una asociación establecida por Dios y dotada de sus propias leyes. La familia se funda en la libre elección de los esposos, hombre y mujer, de unirse de manera exclusiva para toda la vida.

El carácter divino del matrimonio, y el derecho natural del mismo, pone límites a lo que la sociedad puede legítimamente hacer para regular dicha institución. Deben salvaguardarse la dignidad y características específicas del matrimonio, como son: totalidad, con la que los esposos se dan uno al otro mutuamente; unidad, creada por la unión de la pareja; indisolubilidad y fidelidad, que requiere un mutuo y definitivo darse; y fecundidad, a la que el matrimonio está abierto.

Parte importante del matrimonio es la transmisión de la vida a través del nacimiento y crianza de los hijos. Sin embargo, la procreación no es la única razón del matrimonio y, cuando una pareja no puede tener hijos, queda el valor de la comunión entre los esposos. Y en esta comunión surge la cultura de la adopción, donde la idea de maternidad, de paternidad y de familia, se realiza.

Hay dos laderas en relación a la adopción de un hijo: Por un lado, está la mujer que concibió al niño y que no cuenta con el apoyo familiar durante el embarazo, si es que desea mantener con ella ese hijo inesperado; y, ante la soledad y angustia en que se encuentra, decide entregar su hijo en adopción, situación que ignora su familia o entorno más cercano;  y también el abandono por parte del varón que participó de la concepcion del niño le empuja a esta decisión.

Del otro lado, encontramos a los padres que desearon gestar ese hijo, pero que no pudieron hacerlo y encuentran por medio de la adopción la posibilidad de ser padres. Ese niño, entonces, encuentra el lugar propicio para vivir en comunidad, crecer y desarrollarse; encuentra su familia como el lugar principal de amor y de comunión.

Ya sea por razones sobrenaturales, como institución divina, para este niño y sus padres, la familia es la cuna de la vida y el amor donde se nace y crece; el clima de afecto que les unirá y donde juntos aprenderán la verdad y la bondad, los valores morales, y donde se transmite la herencia espiritual y cultural de la sociedad.

Es importante señalar que la idea de que “los padres tienen derecho a los hijos” y el “deseo de tenerlos a toda costa” conduce a la utilización de técnicas reproductivas, son éticamente inaceptables.

La cultura de la adopción es una posibilidad real  de transmisión de la vida y la familia es el lugar esencial para asegurar que las personas se afiancen en sus convicciones, y promueve tanto la responsabilidad social como la solidaridad.

Dada su vital importancia, la familia tiene prioridad sobre la sociedad y el Estado. «Todo modelo social que intente servir al bien del hombre no debe pasar por alto la centralidad y responsabilidad social de la familia». Por ello la realidad de la adopción debe regularse de manera de facilitar el proceso para quienes están abiertos a la vida y deben pasar por el difícil proceso de adopción de los hijos.

Mucho podemos hacer como sociedad que valora realmente la vida del que está por nacer y se le niega ese derecho a través del aborto, porque no tiene posibilidad de expresarse aún, y mucho debemos hacer, acompañando a matrimonios que sinceramente buscan proyectar su amor conyugal en la adopción de los hijos, y la legislación dificulta el proceso.

Los hijos nacidos del corazón también son parte de nuestra historia y nuestra sociedad y encuentran en el seno de una familia el amor recíproco y la felicidad que, a imagen de la Sagrada Familia de Nazareth (que sí sabía de adopción), nos viene dada por Dios.

Claudia  A. Pedreros Silva
Directora Instituto Superior de  Ciencias de la Familia
Universidad Católica de la Santísima Concepción

 

C.P.

1 Comentario

  1. Paulina Durán dice:

    “Hijos del corazon”, qué bonito. A la primera persona que escuché hablar así fue a mi tía, quien recibió a mi primo, y hoy, junto al Señor Jesús, son sus grandes amores.
    Nosotros también somos hijos del corazón, porque Dios dijo que llamaría pueblo a quienes no lo éramos, y nos amó más allá de la vida de su propio hijo. Algo realmente fuera del entendimiento humano.
    Y podemos en parte darnos cuenta de esto cuando Dios nos da la hermosa posibilidad de ser padres, sea por concepción, dentro del vínculo del matrimonio, mucho más bonito aún, o tener hijos del corazón.

    Muy buena publicación. Felicidades, profesora Claudia.

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