La educación tiene por finalidad la formación integral de la persona, que incluye la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la que es miembro. Esto supone que la base de este proceso es la “verdad”. Y para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza. El hombre es un ser que alberga en su inteligencia una sed de infinito, una sed de verdad -no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida- porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por eso, la primera educación consiste, en palabras de Benedicto XVI, “en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano”.
Es por eso que en la relación con Dios comprende el hombre el significado de la propia libertad. Y es un objetivo clave de la educación el formar en la auténtica libertad. Sabemos que la libertad es un valor precioso, pero delicado; se la puede entender y usar mal. En lo más íntimo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido. Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto de la convivencia justa y pacífica entre las personas.
El recto uso de la libertad es central en la promoción de la justicia en toda sociedad, que exige el respeto hacia uno mismo y hacia los demás. También es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la naturaleza profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción reduccionista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor. Una sociedad mas humana no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. Y la paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no se puede alcanzar en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los hombres, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad. La paz, en definitiva, es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios.
Es preciso tener presente, especialmente en nuestro tiempo, que la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad.
La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Esto constituye, pienso yo, una interpelación y una invitación, de modo particular a los jóvenes, quienes mantienen siempre vivo el anhelo de nobles la ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto requiera sacrificio e ir contracorriente. Así podrán crecer nuevos y verdaderos líderes, que ayuden a superar la seducción por propuestas efímeras, y aporten a la edificación de la sociedad a partir de lo que es bueno, bello y verdadero.
P. Luis Rifo Feliú
Vice Gran Canciller
Universidad Católica de la Santísima Concepción
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jair oviedo dice:
Quisiera expresar que cada una de las palabras comentadas me llevan a reflexionar sobre mi fin último, mi rol en la sociedad de bien, mi rol como padre constante en la educación de mis hijos en el respeto a su par.
atte.
Jair Oviedo